Guatemala a un escalón del grado de inversión: ¿Qué tenemos y qué nos falta?
Con la deuda pública más baja de América Latina y a un escalón del grado de inversión, Guatemala enfrenta ahora un reto distinto: convertir su estabilidad macroeconómica en una plataforma para acelerar inversión, competitividad y desarrollo.
Hay momentos en que las fortalezas de un país también pueden convertirse en sus mayores dilemas. Guatemala podría estar entrando en uno de esos momentos.
Durante décadas, el país ha construido con disciplina uno de sus activos más valiosos: la estabilidad macroeconómica. Hoy tenemos la deuda pública neta más baja de América Latina, equivalente al 26.8% del PIB; las tres principales calificadoras de riesgo —S&P, Fitch y Moody’s— nos ubican a un solo escalón del grado de inversión; y proyectamos un crecimiento económico cercano al 4% este año, casi el doble del promedio regional. Estos datos son señales de confianza construidas a lo largo del tiempo.
Precisamente por haber cuidado llegar a esa estabilidad durante tantos años, hoy Guatemala tiene margen de maniobra. Y es aquí donde la situación se vuelve retadora, porque debemos pasar de proteger la estabilidad que hemos construido a utilizarla estratégicamente, evitando que la cautela que nos permitió alcanzarla termine limitando las oportunidades que como país hemos generado.
Hoy existe bastante claridad sobre cuáles son las brechas que siguen limitando ese salto. Las principales calificadoras coinciden en que Guatemala ya tiene reconocidas fortalezas macroeconómicas excepcionales. El reto pendiente está ahora en otros frentes: fortalecer la capacidad institucional, acelerar la inversión en infraestructura y ampliar la capacidad del Estado para sostener competitividad y crecimiento de largo plazo.
Y, en un entorno internacional cada vez más exigente en materia de transparencia, cumplimiento y gobernanza, avanzar en estos temas no es opcional. No cerrar estas brechas tiene costos directos, tales como, mayor exposición a riesgos reputacionales, posibles restricciones en el acceso a financiamiento y una pérdida de confianza por parte de inversionistas y organismos multilaterales. Como se ha señalado recientemente desde distintos espacios técnicos y empresariales, debilitar esfuerzos asociados al cumplimiento de estándares internacionales —particularmente en materia de prevención del lavado de dinero— podría erosionar parte de la credibilidad institucional que hoy representa una de las principales fortalezas competitivas de Guatemala.
Desde FUNDESA, hemos sistematizado en detalle las reformas concretas que cada calificadora requiere para ese salto, el diagnóstico es claro y los instrumentos están identificados. El propio FMI ha señalado que contamos con espacio fiscal para financiar mayores niveles de inversión pública productiva sin comprometer la sostenibilidad a largo plazo. Sin embargo, seguimos invirtiendo alrededor del 16% o 17% del PIB, lejos del promedio global cercano al 25%. Esa diferencia genera infraestructura insuficiente, costos logísticos elevados y brechas sociales que terminan limitando la productividad, competitividad y oportunidades.
Cerrar esa brecha no significa abandonar la disciplina macroeconómica que tanto nos ha costado construir, significa entender que la prudencia financiera y la inversión estratégica son conceptos que van de la mano. El siguiente paso natural de una economía estable es aprovechar esa fortaleza para destrabar capacidades, modernizar la infraestructura y ampliar las condiciones para crecer de manera sostenida.
Y lo más importante es que no partimos de cero. Como comentaba en otro artículo, el ICL 2025 de FUNDESA refleja que el país ha mejorado de manera sostenida su competitividad territorial durante casi dos décadas. Hoy ya existen 35 municipios operando en franjas de alto desempeño competitivo.
El mercado internacional ya reconoce la estabilidad macroeconómica de Guatemala. Lo que está en evaluación ahora es algo más complejo y decisivo: nuestra capacidad de transformar esa estabilidad en institucionalidad, infraestructura, productividad y confianza de largo plazo. Porque la siguiente etapa del país ya no depende únicamente de proteger lo que hemos construido, depende de nuestra capacidad de ejecutar sobre ello.






